Margarita

Después de convencerme, una vez más, al pasar por allí, de cuáles eran las cosas realmente importantes de la vida, seguí pedaleando hacia la plaza del pueblo mientras el manillar cromado y el inseparable timbre de mi bici, cautivaban la parte baja de mi visión. Llegué a la plaza donde se encontraba el Taina (el único bar del pueblo). Puse el caballete y aparqué enfrente de la puerta, sin candado, a diferencia de las ciudades. Antes de entrar, me metí la mano en el bolsillo para ver si tenía algo de dinero (hasta entonces dispensable) y tocando con los dedos el fondo del bolsillo, saqué una moneda de 25 pesetas con el Naranjito del mundíal en una de sus caras. Entré, me dirigí a la barra y pedí mi bebida favorita, batido de chocolate bien frío. ¿Cuántos cientos me bebí? Quizá tantos como las veces que soñé con ella, con Margarita, la nieta del señor Resti.

Margarita. Rubia como el sol, de ojos zafír y el pelo ondulado. Me gustaba tanto que apenas nos dijimos nunca nada. Más que falta de valor era como si nos dijéramos todo solo con mirarnos. Conectados por algo donde las palabras no existían. Quizás, también, lo que sentía era un gran respeto porque era la nieta del señor Resti. Pero qué iba yo a hacer con ella, si solo había utilizado las manos para comprar chuches y agarrar manillares. No nos hacía falta tocarnos. El aire que había entre los dos era nuestro.

 

 

 

Fragmento de la obra "Louise" por Ander García Martinez

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