Los campos que no conocían el horizonte

De pronto, por el aire que movía las ramas y el sonido que emitían al rozarse, parecía que por momentos los pinos respiraran abrazándose entre sí, despertando para ver la realidad que les rodeaba. El suelo, la tierra se movía tomando nuevas formas, harta de su planicie. La corteza de los pinos se volvió lisa y resbaladiza mientras las rocas se iban ablandando para sentir algo diferente, cansadas de estar siempre igual. El cielo, la calma, los sentidos, desaparecí... El tiempo dejó de vestir las agujas, dejó de empujar. Por un instante yo no estaba, era parte conjunta del aura del entorno, un trozo de escena, un pensamiento, un aroma de esencia, la ilusión de una nube. Era textura, intención, un deseo de la brisa. El cosquilleo de los campos de trigo acariciándote el ombligo, humedad que moja la tierra. Era la fuerza de la semilla que empuja el tallo hacia la vida. Estaba en todo lo vivo y toda vida estaba en mí. En todo lo que había y en lo que estaba por venir.  

 

Fragmento de la obra "Louise"

Por Ander García Martinez

 

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