Las llaves

     Estaba tumbado en la cama, desde donde escucho todo lo que pasa al otro lado, en las escaleras. De pronto, juntando las piezas de los sonidos que escuchaba, deduje que acababa de llegar mi nuevo vecino a la puerta de enfrente. Pensé... estoy deseando conocerle; intercambiar opiniones, alguna charla en pijama en el rellano solucionando el mundo, algún saludo mañanero efusivo de esos que te cambian el día. Pero mis pensamientos estaban yendo directos a la taza de un váter, cuyo agujero no tenía final. Me levanté, y mientras oía el ruido de sus maletas entrando en casa, miré por la mirilla para ver si podía obtener alguna imagen real de su figura, que supliera todas las que ya me había hecho en la cabeza. Pero al poner el ojo en la lente, solo pude ver su espalda entrando bruscamente al interior, antes de que cerrara la puerta de un portazo y, acto seguido, echara las vueltas de llave como si le fuera la vida en ello. Volví a pensar… ¿Quizá se ha sentido intimidado al sentir que estaba mirando por la mirilla? No sé…

Los días posteriores, las semanas y los meses, no tuve el placer de encontrarme con él en la escalera. Parecía como si evitara a toda costa cualquier encuentro. Y cada vez que le oía venir, siempre sentía que entraba rápido en su casa, cerraba brusco la puerta, y daba las vueltas a la llave de manera demasiado urgente.

Pero a alguien también se le conoce por quién le rodea, y pronto empecé a ver que la gente que tocaba su timbre a cualquier hora, o le esperaban abajo en el portal, eran lo más parecidos a unos extras de «The Walking Dead» que se habían escapado de la pantalla o primos hermanos de algún vampiro lejano. Estaba claro. Aquél quien fuera vendía cocaína, o lo que viene a ser lo mismo; matarratas. No fue difícil deducir que él también estaba enganchado a ella, por los ruidos continuos al sonarse las narices y las compañías bullosas que llevaba a las tantas de la mañana. Horas y horas de conversaciones sin sentido que salían de aquellas bocas muy lejos de la comunicación. Palabras muertas que salían de las almas cementerio. Me dio lástima y ni siquiera le había visto una sola vez, aunque por su voz también pude ponerle edad y darme cuenta de que no era ningún crío. Seguí escuchando día tras día, como cada vez que entraba, el miedo estaba justo detrás de sus manos al darles las vueltas desesperadas a aquellas llaves. Hasta que un día se me ocurrió dejarle una nota por debajo de la puerta:

«No te servirá de nada cerrar la puerta con llave. Eso de lo que tanto huyes, a lo que tanto temes, está dentro de ti»

Al día siguiente se marchó...

 

 

 

Por Ander García Martinez

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