La consulta

     Me senté en la sala de espera, preocupado, impaciente por saber los resultados de los test que me habían realizado. Esperé unos minutos junto a aquellas revistas en las que se podía apreciar que hacía mucho que nadie acariciaba los cotilleos pasados de fecha que guardaban sus tapas raídas por las manos del tiempo.

»—¿Mr. Doonie?

»—¿Si?

»—Puede pasar —Me dijo la enfermera en un tono que me brindaba la misma consideración que se le tiene a un número más perdido en una larga lista. Entré…

»—Doctor, buenos di…

»—Siéntese.

»—Gracias.

»—Bueno, señor Doonie. ¿Qué tal se encuentra?

»—Pues, la verdad es que esperaba hacerle yo esa pregunta. Qué conclusiones han sacado de las pruebas de la semana pasada.

»—Digamos que esta conversación forma gran parte del diagnóstico final.

»Mientras le empezaba a contar mi estado de ánimo al doctor, este, escuchándome, posó su mano derecha extendida con la palma hacia abajo ante mi mirada, dejando ver sin pudor una amarillenta mancha de nicotina en la falange de su dedo índice. Dándome a entender que no escondía su tabaquismo, buscando premeditadamente sentirse avergonzado, haciéndome denotar que buscaba a toda costa un indicio para poder empezar a superar su adicción.

»Al mismo tiempo que mis labios seguían describiéndome ante la mirada del doctor, a cuatrocientos metros, tras la ventana de la consulta, sobre la acera, me percaté de que una mujer incómoda estaba a punto de recibir una visita que no deseaba. A los diez segundos apareció un tipo malhumorado que gesticulaba violentamente ante el rostro de la mujer, demostrando con su lenguaje corporal que era incapaz de reconocer que amaba a aquella mujer que se presentaba más carismática. Ella tenía un brillo especial, él no.

»Seguimos compartiendo impresiones y, a la vez que el doctor sacaba un pequeño bloc de notas del cajón de su escritorio, hice un barrido involuntario a la estantería de su despacho que estaba detrás de su figura sentada. Por un lado, me fijé que en las baldas había varias fotos en las que aparecía el que podría ser su hijo. Curiosamente, en todas las instantáneas el niño aparecía con un balón y en lugares relacionados con el mundo del fútbol. Pero la mirada del niño era triste y con el ceño fruncido, como si le hubieran obligado a estar en aquel campo del colegio o en aquellas gradas de tercera división. Por otro lado, el cuadro que enmarcaba su diploma de médico estaba ligeramente torcido, y la capa de polvo sobre el cristal era demasiado considerable, lo que me dio a entender que había un claro síntoma de que aquel hombre no amaba su profesión y que la que siempre había deseado era la relacionada con el balón que sujetaba de mala gana su hijo en todas aquellas fotos.

»El doctor, con sus palabras, comenzó a insinuarme que aquello que me iba a diagnosticar no me iba a gustar en absoluto, pero antes de hacerlo siguió haciéndome preguntas y más preguntas…

»Mientras lo escuchaba atentamente, entró a la consulta la enfermera para dejarle unos informes sobre la mesa. Teniéndola de espaldas a mí, vi que llevaba la bata arrugada y podía verse una mancha a la altura del muslo, por detrás, y que por la sequedad del contorno debía llevar allí postrada por lo menos más de un mes. Los zuecos estaban algo desgastados y los calcetines desaliñados, uno por encima del otro, pero curiosamente iba muy bien maquillada y exclusivamente perfumada, lo que dejaba entrever que aquella enfermera no era descuidada, sino que estaba siendo arrastrada, contagiada por la desidia de aquel doctor que claramente estaba perdiendo la ilusión por la vida. Ilusión que ella se negaba a perder del todo.

»Cuando la enfermera se retiró, al doctor se le escapó una mirada indiscreta, directa a su trasero, en la que se podía leer cierto rencor hacia la juventud de la muchacha y la impotencia al sentir la lejana accesibilidad hacia aquel cuerpo todavía suntuoso.

»Silencioso, el veredicto del doctor se iba acercando cada vez más, y mientras sus palabras tomaban un tono oscuro en relación a la triste noticia que me esperaba, puse inconscientemente mi atención en el Rolex que llevaba en su muñeca izquierda, y mientras se frotaba la barbilla pensando en cómo me iba a decir aquello que fuere, pude fijarme también en que la aguja del segundero se movía torpe y desacompasada en la esfera, carente de la suave fluidez que demuestra el segundero de un Rolex auténtico. Por no hablar del cíclope o lente que aumenta la fecha del reloj; el efecto lupa brillaba por su ausencia, lo que definitivamente me corroboró todas mis sospechas de que aquel reloj era falso. También supe que aquel hombre conducía un buen coche que, por el estado deteriorado de las llaves que estaban encima de la mesa y cuyo símbolo de alta gama, ya apenas se podía apreciar del desgaste, pedía a gritos una renovación.

»Por fin… El doctor, después de hacer un último repaso de sus notas, levantó la mirada y, poniendo una de sus manos sobre las mías en señal de condolencia, me dijo:

»—Sr. Doonie, no es fácil para mí tener que hacer este diagnóstico, pero lamento informarle que sufre usted de un grave caso de TDAH o Síndrome de Déficit de Atención que influirá negativamente sobre usted de por vida.

»—¿Falta de atención? ¿Usted creé?

 

 

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Fragmento de la obra "Entrevistas conmigo mismo"

Por Ander García Martinez

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