Samuel y el bosque.

A Samuel le encantaba caminar por aquel sendero, sabiendo que al final le esperaba volver a sentir aquel aura tan peculiar. Según se iba acercando, las imágenes que había soñado la noche anterior se repetían en su mente haciéndole latir más fuerte el corazón. Él sabía que allí había algo. Algo con lo que todas las miradas soñaban. Algo que dormía con los ojos abiertos en la profundidad del bosque. Mientras caminaba, mirándose sus zapatones, se empezó a preguntar si descubriría por fin aquello que tanto le intrigaba, o si por el contrario acabaría como siempre viviendo del insuficiente lamido del pudo ser. Pero aquel día era un día diferente. Aquel día el sol no salió por el horizonte, salió por el incalculable poder de su voluntad con más fuerza que nunca. Al aproximarse a la línea de árboles que custodiaban aquella sensación, empezó a escuchar aquellas voces que le hacían vibrar el alma y daban sentido a su vida. Una nada que venía del fondo, entre los troncos, y cuya seducción era imposible evitar. La escuchaba muy fuerte, como si aquella fuese la última oportunidad de sentirla. Se armó de valor, respiró hondo y en cuanto apoyó las manos en la corteza del primer árbol para dejarse llevar… lo mismo de todos los días. Vuelta a casa por el sendero, buscando la explicación de por qué no podía fundirse con aquello que tanto amaba. Hasta que un día, cansado de vivir siempre el mismo desenlace, se escapó de casa, encaró el sendero y se fue hacia el bosque solo.

 

 

Por Ander García Martinez

 

 

COMENTARIOS

Deja un comentario