Mesa para dos

El otro día conocí a una chica diferente, una chica especial, una perla. De esas que son difíciles de encontrar en la orilla, perdida entre trozos de concha y granos de arena. Era guapa y carismática. Una de esas personas que sientes que guardan un tesoro lleno de monedas desconocidas en su interior. Un regalo de la naturaleza. Tenía estilo, magia e inteligencia. Inevitablemente al conocerla, mi cabeza empezó a trabajar…

«La verdad que esta chica me gusta. Tendría una relación plena e interesante con ella. Compartiría esas cosas que llevo dentro y que guardo fielmente en el joyero de mi alma. Sería divertido y excitante. Siento una atracción fuerte por la que encantado me dejaría llevar hasta estrellarme contra sus dulces curvas». Era simpática, una chica con la que me reía y hacía que el tiempo se esfumara, quizá origen y pilar de todo… Pero también sentía algo que contradecía todo lo bueno que me llegó. Aunque no sabía lo qué era.

Como no podía ser de otra forma, le invité a comer a un buen restaurante. Un sitio elegante que se acercara a su belleza. Vino impresionante, con un glamour en la mirada que me impactó haciéndome andar por encima del mundo. Entramos en el restaurante, nos sentamos en la mejor mesa y a los veinte minutos de comenzar, me di cuenta de que su atención se había desviado bruscamente hacia su interior y se había bebido tres cuartos de la botella de vino sola, llenándose la copa con urgencia. 

     —Camarero…

     —Sí, dígame caballero.

     —La cuenta por favor.

 

 

 

Por Ander García Martinez

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