Adelanto de mi siguiente novela "90 grados"

Ponme otra por favor. Pero no me llenes tanto el vaso. Gracias.

Barcelona. Ocho de la mañana. La ansiedad se hace dueña de mi antes de que amanezca el día. Mientras los primeros sorbos de alcohol se van comiendo mis entrañas, enciendo un pitillo y me quedo mirando a la suciedad que hay en el suelo, junto al reposapiés cromado. Servilletas, palillos, cáscaras de camarón, huesos de aceituna. Algo me hace sentir que no me diferencio mucho de lo que veo. A uno siempre le llama la atención lo que es o a lo que tiene miedo. Como cuando vas por la calle y se te va la mirada sola hacia ese vagabundo sentado en el suelo. En realidad no sois tan diferentes. Eso se da porque tienes algo en común. Hay algo en él que también está dentro de ti. Le doy otro sorbo al vaquerito. Sabe a rayos pero en el bolsillo no hay plata para poder cambiarlo. Quizá sea mejor así... Levanto la vista y me quedo mirando la tele del bar. Sale un señor encorbatado.

    —Pilar sube el volumen mi arma.

Parece que a todos les llama la atención lo que vaya a decir. Yo creo que lo que dice es como regar las plantas sin agua. Otro sorbito al borde grueso y amargo. De pronto siento calor entre los dedos y me quemo con el filtro del cigarro. Mala señal. Señal de que uno no ve acercarse el peligro.

Dentro de mi mundo, encerrado, apenas escucho lo que dicen los demás. Parecen quejarse de todo. Autoescusándose de toda responsabilidad humana. Prefiero no escucharles. Escucharles me hunde a más profundidad en este pozo.

Me levanto con intenciones de irme.

    —¡Julian! Apúntame esto, mañana te lo pago.

    —Tranquilo Fernando, esta te invito yo.

Podría agradarme la invitación pero sé que solo lo dice porque también está enganchado como yo. A nadie le gusta estar solo y menos cuando uno está donde no quiere.

 

Salgo del bar en dirección a mi pequeña habitación de alquiler. Es lunes, se supone que la gente debería estar descansada del fin de semana, pero me fijo en ellos mientras se cruzan conmigo y están que muerden. A más de uno si le echara un palo me lo devolvía moviendo la cola. Siento la rabia y la impotencia por detrás de sus miradas. Como si todos estuviéramos viviendo en el cuerpo equivocado, en el lugar equivocado, en un planeta que no queremos. Algunos me miran intentando descargar toda esa ira y estrés en mí, pero hace tiempo que aprendí la lección. «Yo no soy el recipiente de nadie». Ya no les miro. Eso hace que pueda seguir mi camino con menos daños. O no tan profundos. Las tiendas están llenas. Se acercan las navidades y todo el mundo quiere comprar. Son fáciles de engañar. Vienen himnotizados de casa. Con la publicidad impresa entre las cejas. Les enciendes una luz y ellos hacen el resto. Son como los mosquitos, persiguiendo la luz de una bombilla para acabar dando vueltas a ella.

 

 

 

Fragmento de la obra "90 grados" por Ander García Martinez

 

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